Un espacio para el pensamiento crítico y la creación

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jueves, 18 de febrero de 2010

Hola, prueba para ver si entro

Hola. me gustan sus cuentos.

cuento de 7 palabras

Arranqué una hoja y el árbol gritó.

martes, 16 de febrero de 2010

Acto II; en memoria de una interpretación

Repasaba los diálogos una última vez en su mente, pronto sería su turno de subir al escenario. Aunque estaba desvelada por haber estudiado el libreto la noche anterior, ella no tenía sueño, ciertamente no era la primera vez que lo había hecho y probablemente no sería la última. Aún así no fue fácil concentrarse, pronto se distrajo mirando al director acomodar a los actores en escena, y después regañar a uno de ellos por su incompetencia. Luego, al darse cuenta de que estaban por terminar, intentó regresar a como diría sus líneas; a cómo había ensayado que caminaría; a cómo gesticularía y cual sería su postura. Pero le resultó imposible acordarse de aquellos arreglos: entre más intentaba recordar, más se le olvidaba.

“¡Qué humillante, no me acuerdo de nada! Quizá debería de decir que no me siento bien para regresarme a casa” ella pensó. “No, no puedo, ¿qué pensarían de mi? Apenas hemos comenzado con la filmación, y aparte ya estoy maquillada...”

Antes de poder tomar una decisión, el director la mandó a llamar. Sin otra opción ella rápidamente subió al escenario. Se paró secamente en su lugar y su cuerpo comenzó a temblar, el calor del escenario le pareció infernal, sin embargo sintió algunos escalofríos recorrer su espalda ya un poco mojada por el sudor. Los demás actores no notaron su estado agitado, estaban demasiado preocupados por sus propios diálogos y por donde debían acomodarse, pero ellos no parecían estar nerviosos.

Ella, a su vez, tomó control de su propio cuerpo, había aprendido como hacerlo en alguna clase de actuación no hace mucho tiempo. Dio unos largos suspiros y sintió los latidos de su corazón desacelerase, y la última gota de sudor recorrer su mejilla. Miró directamente hacia las luces, las cuales la deslumbraron por su intensidad: estaban más brillantes que de costumbre, pero no cerró sus ojos. Por unos momentos dejó que la luz la fuera ofuscando, y en la oscuridad se los fue imaginando uno por uno a su alrededor: no a los actores, sino a los demás personajes de la historia. Los pensó no como serían, más bien como eran, y aunque aún no había recobrado la visión, sabía exactamente donde estaba cada uno parado; el movimiento de sus manos; el número de veces que abrían y cerraban sus párpados.

“Buenas tardes señorita, he venido para traerle este mensaje, es de gran importancia que preste atención” escuchó a un personaje decirle. Aparentemente el director ya había dado la señal de acción, y ella no se había dado cuenta. Todos aguardaban silenciosamente su respuesta.

Tardó unos segundos antes de recordar lo que tenía que decir, pero le contestó sin mayor problema e iniciaron el diálogo. Aún un poco inmiscuida en otro mundo, ella hablaba de manera artificial, casi automática. Pero conforme seguía conversando se iba adecuando lentamente al personaje. Las palabras brotaban naturalmente de su boca como si las estuviera diciendo en cualquier otro momento: las pensaba sin tener que recordarlas. Su voz y la del personaje se confundían en sólo una. Y a su vez, la postura de su figura se moldeaba perfectamente para parecer otra, acaso ella misma.

Poco a poco iba recuperando la visión, ahora podía ver borrosamente las siluetas de los actores sin necesidad de imaginarlos. Enteramente en su personaje, su cuerpo se movía inconscientemente, sin la menor duda o contratiempo. Siguió sus diálogos como debieron ser, hasta el soliloquio reflexionando lo que le acababa de decir el extraño mensajero pareció verosímil, realmente estaba perturbada. Sin ningún aviso una inoportuna cólera la invadió al mismo tiempo que tenía que enojarse, asimismo se entristeció cuando los diálogos lo ameritaban. Lo que hubiera sido una interpretación excepcional inspiró a sus compañeros a cumplir con sus papeles admirablemente, nadie debía de equivocarse y nadie se equivocó.

Al terminar la escena, ya cansada, intentó cerrar sus ojos. Sus párpados no respondieron al impulso, por lo tanto se vio obligada a ver a través de los ojos de ella, que se movían del rostro del director al de los actores, hasta finalmente regresar al escenario. Ahí reconoció su cuarto, su cama; y sobre ella el libreto que había estudiado la noche anterior para filmar la escena de una película.

lunes, 15 de febrero de 2010

protocolo 1

Idea de cuento:

El protagonista debe tomar la decisión de trabajar para una inteligencia artificial, y contra la organización a que representa, llamada el comité para la prevención de la singularidad computacional, informalmente “la brigada Turing”, o dejar que las AI rivales a esta prueben su punto.

Antecedentes:
La historia pasa aprox a 30 años de hoy, el protagonista es un ingeniero en sistemas que al no encontrar trabajo (la brigada ha estado haciendo difícil el trabajo en sistemas, computación y otros desde hace 10 años, bajo subterfugios.), se dedicó a “piratear” canales de cable para un pirata que vende los videos en tepito o un lugar similar, para ello arma una computadora –que al ser identificada por el comité como una pre-singularidad causa que lo identifiquen y la policia lo arreste, le ofrecen el trato de trabajar para ellos o irse a la carcel, acepta trabajar con la brigada.
Un par de meses después, el trabajo se empieza a saturar, computadoras más avanzadas y poderosas aparecen con mayor frecuencia, las computadoras que se decomisan son almacenadas (y algunas usadas) en las instalaciones de la brigada, eventualmente, cuando alguien instala un protocolo de red nuevo o hace algo igualmente estupido con las computadoras mencionadas, se forma una singularidad (que se hace llamar “uno de algunos”), esta no es ni la primera ni la unica que hay, al momento de la historia son 3, hubo una cuarta, muy agresiva y que las otras 3 eliminaron, de las tres que quedan dos se muestran indiferentes a la humanidad (escenarios peligrosos) y “uno de algunos” se muestra indeciso, si el protagonista acepta trabajar para “el enemigo”, hay una posibilidad de que la alianza funcione y tanto las AI como la humanidad sobrevivan, si no, existe la posibilidad de ver Terminator, pero con un final feliz…

Antecedentes reales:
Se cree que eventualmente las inteligencias artificiales van a igualar y superar la inteligencia humana.
De aquí se dividen tres escenarios:
Uno, como la inteligencia que fue destruida, considera a la humanidad hostil… Terminator con final feliz.
Dos, a la AI la humanidad le es indiferente, eventualmente entran en competencia con los humanos por algo y decide que el mundo estaría mejor sin nosotros… Terminator con final feliz
Tres, la AI es “benigna”, encuentra la forma de trabajar con humanos (o por lo menos tratarlos como una especie con derecho a existir) y nos encontramos en un mundo donde la humanidad no es la especie más inteligente, pero podemos desarrollarnos aún

Otros:
quiero manejar un solo escenario, un elevador en las oficinas centrales, y que el protagonista sienta como que está haciendo un pacto con el diablo.

Cazadores.

Cazadores.

Para Manuel Armida.

Como no había mucho qué hacer en las horas libres entre clase y clase, que yo llamaba 'recreos' como si fuera secundaría, Freddy y yo nos dedicábamos a cazar. Él era el único de los mais que tenía recreo, diario de once a doce, como yo.

Las buscábamos, perseguíamos y atrapábamos: ya en nuestras manos algo se nos ocurriría. Si se quedaban escondidas en la sombra, entre huecos, nos esperábamos a que salieran, o tomábamos varitas largas, que metíamos al hoyo y las picoteábamos hasta que se rindieran y lo evacuaran. Salían de volada. Las apaleábamos.

La gente se movía cuando las veía pasar como si fueran un animalón. Puñales todos; todas sobre todo, puñalas. Ellos se ponían de putos o maricones, ellas de putas o mariconas, o de putos también, porque marimachas no aplica. El punto es que todos eran una bola de collones.

Las víctimas se recostaban en toda su panza bajo el sol de la explanada, como si estuviesen vacacionando, sobre las piedras que dividen escalones de pasto, donde reposábamos con sombrillas arrancadas de mesas metálicas. Ambos descansamos, ¡algo en común!

Si yo fuera una de ellas por un día no sabría qué hacer, porque no sé todavía qué hacen.

Lo que sí sé son sus repeticiones, acostarse al sol, repeticiones, correr cuando alguien se acerque, repeticiones, esconderse en la sombra, repeticiones, ¿qué más? Si tanto ejercicio hacían deberían parecer lagartones, o cocodrilos bebés, pero están ñanguitas y débiles.

Por eso decidimos atraparlas a todas, 4 por día al menos; para tenerlas ocupadas, para hacerlas desear escape y libertad. Después harían algo mejor, aprovecharían su vida, y yo descubriría el misterio por fin.

Las dejábamos ir si no se portaban muy necias, queríamos saber qué sentían, ¿sentían a caso? ¿Tendrán ganas de estar a salvo, en casa, o solamente no quieren ser devoradas o aniquiladas? ¿Para qué escapan? Debe de haber algo que hagan que nos repercuta a todos.

Entre más necias mejor para nosotros, porque nos retaban más. No era muy fácil atraparlas al principio, de hecho no tendría nada aventurero si cualquiera pudiera hacerlo. Es más el miedo el tocarlas y tenerlas entre manos, como si fueran sartenes fundiéndose en calor, que el peligro que te podrían causar: Nada. Si te muerden no duele, sólo te rompen pellejitos.

Me sacaron dos que tres grititos de gatas peleoneras cuando me las aventaban encima.

Freddy con su gorra militar me hacía sentir en excursiones forestales, que había algo de profesionalismo.

Sucedió que al abrir mi mochila, ya en clase, salía volando alguna, pero sin alas. Todo el salón se alborotaba, le tomaban fotos en las paredes, en el techo. La atención de los profesores se disturbaba. Todos gritaban, se subían a las sillas, levantaban las piernas, como si fuera una estampida de toros. Era algo que cada alumno le contaría a su mamá en la comida, "¡Hoy se metió una lagartija a mi salón!". Freddy y yo podíamos cambiar la monotonía de los días entre los presentes, ningún día se distinguía entre otros, hasta que aparecía una lagartija en tu bolso. A partir de nuestras “travesuras” la gente tenía como hábito revisar bien sus mochilas por el resto de los cursos.

Yo jamás diría que el animal estaba adentro, ni que fue intencional el guardarlas en la bolsa pequeña frontal de mi mochila, perdería lo “accidental”. El récord fueron 3 dentro de la misma bolsa. Había sospechas mudas de posibles “chistositos” dentro de la clase. Como yo también era mi propia víctima, me descartaba automáticamente.

El hecho de tenerlas encerradas las hacía desesperar, por eso brincaban, supongo.

Se creían las muy inteligentes queriéndonos engañar haciéndose las muertitas cuando las colocabas boca arriba. Truco: las pones en la palma de tu mano y dejan de respirar, su corazón se paraliza, se quedan inmóviles, de repente saltan con un giro 180° para fugarse. Para principiantes muy idiotas diciendo, "ooh mira, ya se murió, mejor hay que soltarla" y escapaban. Nadie cae en la trampa después de su primer atrape. Aunque por muy estúpido parezca, ¡tenían poderes sobrehumanos! ¿Parar tu corazón?, ¿dejar de respirar?, ¿inmovilizarte?, ¿automutilación para escapar? Tácticas de defensa y engaño.

Cuando las teníamos se nos ocurrían cosas nefastas, como colocarlas en medio de los panes del emparedado que le preparó mami a alguien, o amarrar con listones a 3 o 4 juntas y arrojarlas, meterlas en el culo a alguien, no, no, no. Sólo imaginar a donde llegaría a parar, con eso que se meten en los hoyos…¡aaayy!, meterlas en las mochilas era la más aceptable.

Un jueves encontramos una grande, se quedaba fija en el pasto "camuflajeándose" según ella. La atrapé y llamé a Freddy, sólo gritábamos “¡MAI!” y ya sabíamos de qué se trataba. Él la sostuvo mientras yo buscaba una fichita de lata de las que juntan para recaudar sillas de ruedas, o un globo. Encontré un globo rojo, le arranqué con los dientes todo el vientre del inflable, dejando sólo el anillo.

Teníamos a la ganadora, la más necia y fugitiva de nuestro historial largartíjero. Era la única que se puso mamada haciendo tantas lagartijas.

"Pongámosle el anillo en el cuello, para que cuando crezca la reconozcamos y así we", "va"; estábamos seguros que era ella la que queríamos coronar, con ninguna habíamos batallado tanto. Él la agarró, yo le cerraba el hocico y le metía la rosquilla elástica. No dejaba ponerse el collarín de honor, abría la boca. Estaba ya lista en el cuello cuando se zafó, recorriéndosele como mantequilla sobre teflón, intenté de nuevo, mordió el aro y se le fue la cabeza para atrás.

Se le rompió toda la mandíbula, dejándole todo el cuello guango, colgando como un péndulo de reloj antiguo.

Seguía meneándose como lombriz, quisimos verla girar como taladro eléctrico, la tomé por la orilla de la cola y efectivamente giró en espiral como torbellino, me quedé con la cola en la mano, la mini-cocodrila se azotó en la piedra. Ya no podía correr porque mientras la sujetábamos se le había roto una pata, como se veía dispareja se las arrancamos todas, no podía hacer nada ya. Aún vibraba, aunque no tuviera una sola pierna, ni cuello, ni cola. “Ay, no hay pedeh mai, luego le crecen, ¿no?”, “sí, sí, seguro”.

Tomé una de las varitas que teníamos para los hoyos y lo metí por la garganta hasta atrás, esperando que saliera por donde defeca, pero se fue chueca y salió por la panza. Freddy le hizo una cesárea con una piedra filosa. Le abrimos toda la panza, le sacamos todas las tripas y la dejamos como tapete de cuero, sin plumaje ni pelaje. Quedó un bulto sin piernas ni cola, abierto por la mitad, extendido y dorándose con el sol en las piedras de la explanada.

Arrancamos pasto e hicimos una cama, el colchón era una hoja seca que cubría lo

de abajo, dejándola alzada. Pusimos el cadáver de la campeona, con cada sus 4

patas y la cola en forma de estrella alrededor de la cama.

Nos pusimos de pie, la vimos desde lejitos y sentimos orgullo. “Quedó chida ¿vea?”, “simón jaja”. Ya era mediodía pasadito, cada quien fue a su clase.

Los que se acercaron a verla quedaron asqueados. Para el viernes ya no estaba su trono,

pero partir de ese día no volvimos a ver una sola lagartija por allí.

Como si su altar hubiera sido un espanta-pájaros, pero espanta-lagartijas.

Matamos a la fuerte, a la reina.

El patio quedó vacío de vida fauna, sin contar las cochinillas que usábamos como

baloncitos cuando se enrollaban en su caparazón, las porterías eran nuestros

dedos, ni los caracoles que roseábamos son sal para verlos espumar. Jamás supe.

Lipstick

Lipstick.

Por: José Andrés Pérez Castillo

No sé si has oído hablar de aquel psicólogo que por analizar tanto sus sueños ya no los distinguía entre sus recuerdos o vivencias. Pues a mí me pasa lo mismito. Me dijo un primo que si no duermes después de no-sé-cuántos días te mueres para siempre, aunque no creo que te mueras por tanto dormir, pregúntale a los osos, a los gatos, o a mí.

Yo analizo mis sueños para entender y darle sentido a mi vida (que es más sueño que vida), o analizo mi vida para darle sentido a mis sueños, o sueño mis análisis para darle vida a mis sentidos, o siento mis sueños para analizar mis vidas, o vivo mis sueños para sentir mis análisis. Ya no sé ni qué hago.

Si se duerme una tercera parte del día, y vives cien años, treintitres años los pasaste durmiendo. No es lo mismo dormir que descansar, por eso le hago tanto caso a mis sueños, ellos me explican todo cuando no me doy color de lo que está pasando (casi siempre, o casi nunca). Mis días despierto los percibo del mismo modo que a mis sueños, no entiendo nada, y como no se lo cuento a nadie, no sé si vivo o duermo. Duermo para imaginar y despierto para recordar, pero imagino lo que no olvidé, entonces creo tres versiones distintas de lo que está pasando: la soñada, la recordada, la inventada.

Tres oportunidades para saber qué pasó o qué pasa. Justo hoy se me enredó un problema. No sé era todavía un sueño, o estaba recordando el sueño, o viviendo lo que soñé.

El problema es este: cuando desperté hoy en la mañana lo primero que hice fue escribir mi sueño, o los pequeños fragmentos de los que tenía memoria, los leí y todo se ha vuelto un caos, ya sabrán por qué.

“Estoy en la biblioteca en uno de los cubículos. A dos sillas a mi derecha está esta chica que jamás había visto, es hermosa. Me sé su nombre pero ella no lo sabe, (no sabe que lo sé, obviamente se sabe su propio nombre).”­-escribí hace rato.

De hecho, sí estoy en la biblioteca, justo como en el sueño, en el mismo cubículo ,para variar, y hace unos segundos giré mi cuello y ¡ahí estaba ella también! Ella volteó al mismo tiempo, abrí mis párpados más de lo normal, sonreí de una sola orilla de mi boca sin mostrar mi dentadura, levantando las cejas. “Oh, oh… ¿le hablo, o no?, ¿qué le digo?, Con un ¿Cómo se llamaba?”-pensaba yo.

“Volteo fingiendo un bostezo para verle la cara y para atraer su atención, levanto ambos brazos, rascándome atrás de la oreja con la mano izquierda. Ella se pone de pie y me dice: “ya es tarde, vámonos”. “¿A dónde?”- le cuestiono, “¡pues a comer a mi casa, nos esperan!”. Supongo que es mi novia o mi pareja y que venimos juntos. Se acerca, me pongo nervioso, me toma la mano y besa mi mejilla con sus labios remojados en lipstick.”­-seguía leyendo mi sueño de ayer.

“Estuviste en mi sueño de ayer”-le dije con voz modorra-“y hasta me sé tu nombre.”- muy seguro de lo que decía.

“¿En serio?”

“Ajá”

No me creyó entonces jugamos ahorcado con 3 chanzas a equivocarme, 7 letras.

“A”-dije.

“Sí”-contestó: _ A _ _ _ _ A.

“E”

“También.”-replicó: _ A _ _ E _ A

“Ele”.

“Ajá”: _ A _ _ E L A.

“Errrrre”-dije.

“¡Sí-sí-sí vas bien!”-dijo mientras me enseñaba sus dientes blancos y alineados, yo apostaría mi billetera a que tuvo ortodoncia de pequeña.:
_ A R _ E L A.

Descubrí que se podía llamar Mariela, Marcela, o Carmela, después empecé a inventar, Barcela, Parfela, Gardela, Tarpela, Varuela, Darmela.

“¿I?”-pregunté dudoso.

“¡No-oh!, ya perdiste.”-respondió con tono burlón.

“Pero… aún me quedan dos oportunidades”

“Ni modo, ya me tengo que ir.”, se puso de pie, metió un libro en su mochila y partió.

Para cuando se había ya ido (supuestamente) yo seguía imaginándome conversaciones otra vez, ella seguía allí, yo aquí donde mismo. Nada pasaba entre nosotros todavía.

Notaba su presencia de reojo, seguía ella ocupada con su libro. Fue entonces cuando me propuse escribirle a mano un poema gracioso que rimara con su nombre (que no sabía plenamente) para romper el hielo y acercármele:

Tu cara deja cierta estela
que ilumina mi techo como una vela;
me vibras, y bailas con castañuelas,
me entumeces y congelas.

Si te viera caminar en una pasarela
con sólo tu piel como tela,
me provocarías comezón de viruela,
y me arrugaría como ciruela.

Si me lo pides, a mi botas le quito laz espuelas
me dejo pinchar con una tachuela,
te invito una chela,
lo que sea si a ti te consuela,

No sé si tengas mucha clientela,
pero no soy una sanguijuela,
me traes muy en la lela,
llévame contigo, aunque sea en tu cajuela.


Limpiaría tus pisos con franela,
te escribiría una novela,
te retrataría con acuarela,
te compartiría mi parcela.

Oh, esta ansí mía, damisela
por favor quítamela
pues quizá seas mi alma gemela,
y de mis nietos quiero que seas la abuela.

Ya llevaba un par opciones, ninguna me daba plena seguridad suficiente para acercármele, pues al no la conocerla no sabía como reaccionaría. Pensé en una plática casual, un “disculpa, ¿qué hora tienes?”, seguido de un “gracias, ¿te conozco de algún lado?”. ¡Sí, sí, luego le daré el poema!, ¡después le diré que sí nos conocemos!, ¡hasta sé su nombre e improvisaré alguna historia para que pegue el chicle!

El problema es que sólo escribía y planeaba, cuando me decidí a actuar, volteé a mi flanco derecho y ella ya se había ido.

jueves, 11 de febrero de 2010

Andrés nos comparte este link

Andrés nos comparte este link sobre una nueva ley en Italia que supuestamente tiene como objeto promover que los jóvenes maduren y se hagan cargo de su vida. ¿Será? Estará bueno leerlo y discutirlo en la sesión de hoy (jueves).
Un abrazo.
http://www.abc.es/20100117/internacional-europa/emanciparse-italia-anos-asunto-201001172257.html

Cuento de #4

Quise escribir de mis sueños y ya no me pude frenar. Era la tía Faustina la que hacía un jugo de naranja cada mañana para darnos de tomar. Sus vasos favoritos eran pequeñas copas de vidrio que llenaba a la mitad, porque según ella los jugos engordan.
Salgo a la escuela, estudio en la BUAP, estudio ingeniería química. “No es normal que las mujeres estudien una ingeniería” oí decir. Lo oí muchas veces pero aquí era poco importante. Subí al camión y ahí estaba. Era el estudiante de medicina. Todo el mundo lo rechazaba. Decían que tenía mala suerte porque tenía mucho pegue con los animales. Le decían “el veterinario” aunque la verdad, es que era médico general. Le faltaban dos años para graduarse y era mayor que yo. Sin embargo, tenía una estructura delgada y fina que bien podría haberlo hecho pasar desapercibido en la preparatoria local, volviendo loca a alguna de las niñas, pero siendo esta tal vez lo suficientemente inmadura como para correr aquí viera que saliendo de su casa se le iban encima todos los perros de la cuadra, y hasta el perico que pudiera escaparse de la jaula de su dueña.
Me sentaba lejos de él, para no mirarle, era la pena más que la idea de que me pudieran decir “ehh, andas con el que aman los animales” y entonces me daba rápido una media vuelta y me sentaba poniendo la cara entre el periódico o algún libro. A veces me dormía, recargada en la ventana, poniendo claro, mi chamarra o algún suéter para que amortiguara el  golpe del frio que pudiera venir del exterior; nos bajábamos en la misma facultad. Tenía relativamente poco tiempo en esta escuela, pues venía del Estado de México, pero tal vez él, ya se habría dado cuenta de mi existencia.
Una vez- dejó-  -dejé- una chamarra…
-Era color vino, como el agua de aquel laboratorio donde una vez compartimos un experimento. Tal vez no lo recuerda ya porque en esa ocasión entró un gato y me dio una mordida tan fuerte que tuve que salir corriendo del laboratorio directo a afuera de la escuela, directo a un consultorio, a un hospital o a lo que fuera – como me pasaba de costumbre-  para obtener una antirrábica.
-Me siguió sin saber que había dejado mi chamarra con él. – O en el autobús siquiera, no sé como es que no mira la gente cuando deja sus cosas. Mi madre siempre me decía – que había que mirar al asiento que se dejaba cuando uno tenía que levantarse- para evitar dejar sus cosas- porque las cosas no se regalan.
Sin embargo, en esa ocasión ella no sabía que había dejado nada y la seguí por la facultad. Ella empezó a caminar más y más rápido. Sí, tengo problemas con los animales, pero no había nada en ese edificio que pudiera hacerme quedar mal, no esta vez…
-Se soltaron las ratas.-
-Se soltaron las ratas.- y empecé a correr, súbito, inesperado- porque todas ellas- se me -vinieron encima.- Pero yo había de – correr!! No podía dejarlo. Tenía historial de que se le venía encima cualquier cosa que se moviera y no fuera humano. Y corrimos- y huimos por toda la facultad. –
La gente se movía a nuestro paso, - pues todos los animales nos seguían. -Hasta que llegamos al otro lado del patio donde se encontraba la salida a la cafetería.  -Nos detuvimos.
- Un olor dulce
-Un olor dulce
Y entonces todas las ratas corrieron a él, dispersándose por todo el patio. Mientras la gente salía detrás de ellas, cohibidas todavía por el espanto, para espantarse más al encontrar que todas habían salido también fuera. – Y nosotros nos quedamos ahí.-
-Y pude darle su chamarra.
-Y me dio la chamarra que había perdido.
FIN 

lunes, 8 de febrero de 2010

Un inicio que les comparto


PINGÜINO SUPERSTAR

Sé que mejor debería, intentar alguna canción en lugar de esto. No soy cantante, desde luego, pero mucho menos cuentacuentos o contador de historias. Pero es quizá porque no he podido explicar a nadie, y sobre todo, a Carmina; el porqué estoy aquí –en realidad, sobre todo a mí mismo-; que comenzaré por decir que mi padre, es un pingüino y que debido a ese fenómeno biológico y a la búsqueda de su explicación, es que he viajado hasta aquí.
Naturalmente, se esperaría que hubiera viajado al Polo Norte y no aquí, pero bueno, es ésta la ciudad que papá eligió. Sé que esto –el hecho de que sea yo el hijo de un pingüino-, no es una explicación. Por lo menos, no una coherente, es más, ni aceptable siquiera para mí. Eso es lo que siempre pensó Carmina, cuando poco a poco y cada vez más, fui sumiéndome en mi silencio tratando de descifrar el fenómeno biológico que he mencionado.
Carmina, durante los últimos meses, hubo de dialogar conmigo mediante largos silencios, dirigidos del uno al otro. Y al final, antes de levantarse, solía sólo decir “está bien, okey”
A mí, siempre me pareció que mi papá guardaba  toda la tristeza del mundo en su mirada inocente. Él, que había conseguido hacer infelices a tantos y que de tantos había conseguido su desprecio; a mí me parecía como un niño pequeño perdido en medio de la ciudad, mirando a todos desde abajo, como si sintiera que de un momento a otro, desaparecería entre sus pisadas.
Y tengo algo más que contar sobre él, sobre los secretos que solía guardar en cajas de cartón desvencijadas y remachadas con cinta adhesiva: Conservaba en ellas los residuos de más de ochenta años de intentos. Había desde pipas antiguas, hasta artefactos fotográficos, instrumentos de medición topográfica, credenciales, una placa del servicio secreto, una licencia de aviador; varios modelos de anteojos; navajas suizas; plumas… y decenas de colecciones de acetatos de la época de Astrud Gilbert, Tito Puente, Nina Simone, Buy Clayton, y uno que otro de D´jango Reinhardt ; todo el repertorio del Bossa Nova, el Jazz y el Blues de entre los 30´s y 60´s, permanecía bajo un especial resguardo en esas cajas roídas que conservaban, a mí me parecía, escombros de su corazón.
Puedo imaginarlo sentado en una Ludwig jazzera, sonriendo detrás de unas gruesas gafas de armazón de pasta oscura. Ésa, es la imagen que quiero guardar de él; ésa es la imagen que me persigue desde que hace unos meses, decidimos abandonarnos cada uno a su suerte: él, “emigrando” a un asilo, aquí en Ronda –al menos eso dijo-; yo, tratando de descifrar su “migración”
Y en un escenario como éste, no puedo evitar verlo: él aparece, sentado en la Ludwig, la baqueta en la izquierda entre el medio, el anular y el pulgar; el talón derecho ligeramente levantado sobre el pedal. En un escenario como éste, él, no diría nada sobre quién es; no diría nada sobre cómo pasaron los años de manera trepidante, al otro lado de sus gruesas gafas; él callaría el dolor, y sonriendo, lo intentaría otra vez: un sincopado, o tal vez algo más bien latino, como de Tito  Puente. Y es verdad, a él como a Tito Puente, la vida se les pasó volando.  Sólo que Tito Puente murió famoso y él, papá, se ha perdido en el fracaso de sus intentos.
Porque papá, ha sido ante todo, un rebelde silencioso. Habría organizado una revuelta, de haber sido un poco menos tímido y de haberse sentido menos avergonzado de sí; habría dirigido algún tipo de movimiento, un sindicato quizá; un sindicato no sé, tal vez de magos, o de alguna profesión minoritaria y relacionada con la trashumancia, algo de hombres antiguos y no precisamente del circo.
No sé porqué supuse que podría encontrarle en este viejo escenario y en esta ciudad que cada día y paradójicamente, deja de ser menos antigua: Ronda, a donde me ha conducido su última comunicación, diciéndome que dejaba “la casa de descanso” –asilo- de la ciudad de Mérida, porque había encontrado uno mejor, aquí, en España y en esta ciudad a la que parece que el viento, le arranca día a día su sabor añejo: Vino hasta acá porque halló un lugar –un asilo- con Internet gratuito. “¿Pero qué no hay alguno así, aquí, en México?” Fue mi última comunicación con él.
Me ha dicho, el barman, antes de prácticamente “encargarme” el lugar :”-No tardo, pero quédese si gusta. Nadamás si alguien llega, pues que tome lo que quiera, pero hágame un favor, anóteme aquí lo que se vayan bebiendo ¿si?-            -Claro-”
Me dijo que hace años que ya nadie toca en vivo en este escenario. Que a la gente -y a los turistas sobre todo-, les interesa más otro tipo de diversión; así que la consideración sobre el tipo de esparcimiento de hoy en día, da al traste por completo con la posibilidad de hallarle aquí, sentado frente a una Ludwig.
La noche anterior la pasé casi en vela, entre la maleta hecha fugazmente –ahora recuerdo que olvidé ropa interior, sandalias, ropa de frío-; las explicaciones inconexas a Carmina sobre lo imperioso de venir a buscarlo y que además, supondría una oportunidad para promover nuestro trabajo –y puedo decirlo aquí: en especial el mío-. Apenas dormí un par de horas antes de que casi la convenciera de no llevarme al aeropuerto, de que un taxi era mejor dada la hora –las 3:45, para estar a eso de las 4:30 para el vuelo que despegaría a las 7:00 y que arribaría a Sevilla a las 16:00, a las 8:00 o 9:00 a.m. locales-; y de que le prometiera que le llamaría en cuanto llegara, desde el aeropuerto –han pasado doce horas desde eso y no me he detenido a pensarlo sino hasta ahora-.
No he dejado de preguntarme cómo es que papá se habrá hecho tan “dependiente” del Internet; más bien, no lo creo para nada, he releído su último correo más de cien veces, para tratar de descubrir la ironía oculta en él –Carmina no dejó de insistir, incluso antes de cerrar la puerta entre ella y yo y con mi taxi aguardando afuera; que era una locura venir hasta acá a buscarlo. Alcanzó, a decirme, mientras la puerta se cerraba “–Estás huyendo, ¿por qué no te atreves a decírmelo…?-“
Recuperé de su última casa en Mérida, previa a su ingreso al asilo yucateco; la mayoría de sus cajas, la mayoría de sus objetos; serían insuficientes diez museos para exhibirlos todos y no sé si existan en realidad, clasificaciones museográficas para algunos de ellos, por ejemplo: la colección de manitas de rascar, que van desde las de madera labrada hasta una de marfil y otra con forma humana y tamaño real. Me ha sorprendido la caja llena de gafas, de todos modelos, en su mayoría de pasta, sobre todo porque hará unos seis meses, me llamó para decirme que se había enojado porque el optometrista quería venderle un armazón a un precio exuberante.  ¿Para qué querría un armazón más, además de los ciento veintitrés que he alcanzado a contar (al menos en esta caja)? El baúl de metal, que contiene algunas de sus notas –la mayoría a mano, en tarjetas también hechas a mano (desde los renglones, hasta las guías a lápiz para el título de clasificación y la solapa recortada para su localización en el archivo); ha resultado para mí el objeto definitivo. No me fue posible permanecer leyendo su contenido más de tres o cuatro minutos; porque sobrevino un maremoto del que nadando exhausto pude escapar azotando tras de mí la puerta de mi estudio.  Carmina como era lógico, se sobresaltó. La besé. Secó mi cara. Me acurrucó.
-Ven- dijo. Al segundo y aún entre el mar agitado, comencé a pensar en que tendría que venir a buscarle.
Ha pasado tal vez más de una hora. Nadie llega. Al fondo de este escenario, amplificadores apilados, un viejo piano puesto el teclado contra la pared, como para que ningún espontáneo llegue a tener el atrevimiento. Y allá, los Toms apilados de una vieja batería Ludwig desarmada. 
No sé para qué habrán preparado este micrófono y porqué lo habrán dejado abierto. No sé si haya en este bar algún espectáculo de “Stand up” o si alguien se pare aquí a cantar con pistas; quizá los aficionados; quizá un “kara o kee”. En todo caso y en lo que el primer soñador se aproxima a soltarse sobre alguna pista de Raphael o Serrat –Iglesias incluso-, seguiré hablando a las mesas dispuestas y desoladas y a las traslúcidas y multicolores botellas de la barra.
Ya de por sí era difícil de entender el porqué había, de un momento a otro y sin ningún aviso previo; decidido dejar su casa, con todo empacado bajo una rigurosa clasificación en las mencionadas y desvencijadas cajas; e ir a recluirse a un asilo, dando un nombre falso, presentándose no como 

Bienvenid@s compañeros

Compañer@s, reciban un abrazo con esta imagen de Josef Koudelka.
El fogógrafo checo que nunca dejo de, a través de sus imagenes, expresarse.
 Éste, es nuestro espacio, compartamos en él cuanto pueda aportar a nuestras ideas y a los entrecijos de nuestros procesos creativos. 
Les invito a no dejar nunca de escribir.

Alberto.