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jueves, 11 de febrero de 2010

Cuento de #4

Quise escribir de mis sueños y ya no me pude frenar. Era la tía Faustina la que hacía un jugo de naranja cada mañana para darnos de tomar. Sus vasos favoritos eran pequeñas copas de vidrio que llenaba a la mitad, porque según ella los jugos engordan.
Salgo a la escuela, estudio en la BUAP, estudio ingeniería química. “No es normal que las mujeres estudien una ingeniería” oí decir. Lo oí muchas veces pero aquí era poco importante. Subí al camión y ahí estaba. Era el estudiante de medicina. Todo el mundo lo rechazaba. Decían que tenía mala suerte porque tenía mucho pegue con los animales. Le decían “el veterinario” aunque la verdad, es que era médico general. Le faltaban dos años para graduarse y era mayor que yo. Sin embargo, tenía una estructura delgada y fina que bien podría haberlo hecho pasar desapercibido en la preparatoria local, volviendo loca a alguna de las niñas, pero siendo esta tal vez lo suficientemente inmadura como para correr aquí viera que saliendo de su casa se le iban encima todos los perros de la cuadra, y hasta el perico que pudiera escaparse de la jaula de su dueña.
Me sentaba lejos de él, para no mirarle, era la pena más que la idea de que me pudieran decir “ehh, andas con el que aman los animales” y entonces me daba rápido una media vuelta y me sentaba poniendo la cara entre el periódico o algún libro. A veces me dormía, recargada en la ventana, poniendo claro, mi chamarra o algún suéter para que amortiguara el  golpe del frio que pudiera venir del exterior; nos bajábamos en la misma facultad. Tenía relativamente poco tiempo en esta escuela, pues venía del Estado de México, pero tal vez él, ya se habría dado cuenta de mi existencia.
Una vez- dejó-  -dejé- una chamarra…
-Era color vino, como el agua de aquel laboratorio donde una vez compartimos un experimento. Tal vez no lo recuerda ya porque en esa ocasión entró un gato y me dio una mordida tan fuerte que tuve que salir corriendo del laboratorio directo a afuera de la escuela, directo a un consultorio, a un hospital o a lo que fuera – como me pasaba de costumbre-  para obtener una antirrábica.
-Me siguió sin saber que había dejado mi chamarra con él. – O en el autobús siquiera, no sé como es que no mira la gente cuando deja sus cosas. Mi madre siempre me decía – que había que mirar al asiento que se dejaba cuando uno tenía que levantarse- para evitar dejar sus cosas- porque las cosas no se regalan.
Sin embargo, en esa ocasión ella no sabía que había dejado nada y la seguí por la facultad. Ella empezó a caminar más y más rápido. Sí, tengo problemas con los animales, pero no había nada en ese edificio que pudiera hacerme quedar mal, no esta vez…
-Se soltaron las ratas.-
-Se soltaron las ratas.- y empecé a correr, súbito, inesperado- porque todas ellas- se me -vinieron encima.- Pero yo había de – correr!! No podía dejarlo. Tenía historial de que se le venía encima cualquier cosa que se moviera y no fuera humano. Y corrimos- y huimos por toda la facultad. –
La gente se movía a nuestro paso, - pues todos los animales nos seguían. -Hasta que llegamos al otro lado del patio donde se encontraba la salida a la cafetería.  -Nos detuvimos.
- Un olor dulce
-Un olor dulce
Y entonces todas las ratas corrieron a él, dispersándose por todo el patio. Mientras la gente salía detrás de ellas, cohibidas todavía por el espanto, para espantarse más al encontrar que todas habían salido también fuera. – Y nosotros nos quedamos ahí.-
-Y pude darle su chamarra.
-Y me dio la chamarra que había perdido.
FIN 

1 comentario:

  1. Silvia me mandó este cuento, pues no ha podido asistir. Lo revisaremos hoy (jueves) en la sesión. Si alguien pude leerlo antes de la sesión, escriba aquí sus comentarios. Abrazos. Alberto

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