Repasaba los diálogos una última vez en su mente, pronto sería su turno de subir al escenario. Aunque estaba desvelada por haber estudiado el libreto la noche anterior, ella no tenía sueño, ciertamente no era la primera vez que lo había hecho y probablemente no sería la última. Aún así no fue fácil concentrarse, pronto se distrajo mirando al director acomodar a los actores en escena, y después regañar a uno de ellos por su incompetencia. Luego, al darse cuenta de que estaban por terminar, intentó regresar a como diría sus líneas; a cómo había ensayado que caminaría; a cómo gesticularía y cual sería su postura. Pero le resultó imposible acordarse de aquellos arreglos: entre más intentaba recordar, más se le olvidaba.
“¡Qué humillante, no me acuerdo de nada! Quizá debería de decir que no me siento bien para regresarme a casa” ella pensó. “No, no puedo, ¿qué pensarían de mi? Apenas hemos comenzado con la filmación, y aparte ya estoy maquillada...”
Antes de poder tomar una decisión, el director la mandó a llamar. Sin otra opción ella rápidamente subió al escenario. Se paró secamente en su lugar y su cuerpo comenzó a temblar, el calor del escenario le pareció infernal, sin embargo sintió algunos escalofríos recorrer su espalda ya un poco mojada por el sudor. Los demás actores no notaron su estado agitado, estaban demasiado preocupados por sus propios diálogos y por donde debían acomodarse, pero ellos no parecían estar nerviosos.
Ella, a su vez, tomó control de su propio cuerpo, había aprendido como hacerlo en alguna clase de actuación no hace mucho tiempo. Dio unos largos suspiros y sintió los latidos de su corazón desacelerase, y la última gota de sudor recorrer su mejilla. Miró directamente hacia las luces, las cuales la deslumbraron por su intensidad: estaban más brillantes que de costumbre, pero no cerró sus ojos. Por unos momentos dejó que la luz la fuera ofuscando, y en la oscuridad se los fue imaginando uno por uno a su alrededor: no a los actores, sino a los demás personajes de la historia. Los pensó no como serían, más bien como eran, y aunque aún no había recobrado la visión, sabía exactamente donde estaba cada uno parado; el movimiento de sus manos; el número de veces que abrían y cerraban sus párpados.
“Buenas tardes señorita, he venido para traerle este mensaje, es de gran importancia que preste atención” escuchó a un personaje decirle. Aparentemente el director ya había dado la señal de acción, y ella no se había dado cuenta. Todos aguardaban silenciosamente su respuesta.
Tardó unos segundos antes de recordar lo que tenía que decir, pero le contestó sin mayor problema e iniciaron el diálogo. Aún un poco inmiscuida en otro mundo, ella hablaba de manera artificial, casi automática. Pero conforme seguía conversando se iba adecuando lentamente al personaje. Las palabras brotaban naturalmente de su boca como si las estuviera diciendo en cualquier otro momento: las pensaba sin tener que recordarlas. Su voz y la del personaje se confundían en sólo una. Y a su vez, la postura de su figura se moldeaba perfectamente para parecer otra, acaso ella misma.
Poco a poco iba recuperando la visión, ahora podía ver borrosamente las siluetas de los actores sin necesidad de imaginarlos. Enteramente en su personaje, su cuerpo se movía inconscientemente, sin la menor duda o contratiempo. Siguió sus diálogos como debieron ser, hasta el soliloquio reflexionando lo que le acababa de decir el extraño mensajero pareció verosímil, realmente estaba perturbada. Sin ningún aviso una inoportuna cólera la invadió al mismo tiempo que tenía que enojarse, asimismo se entristeció cuando los diálogos lo ameritaban. Lo que hubiera sido una interpretación excepcional inspiró a sus compañeros a cumplir con sus papeles admirablemente, nadie debía de equivocarse y nadie se equivocó.
Al terminar la escena, ya cansada, intentó cerrar sus ojos. Sus párpados no respondieron al impulso, por lo tanto se vio obligada a ver a través de los ojos de ella, que se movían del rostro del director al de los actores, hasta finalmente regresar al escenario. Ahí reconoció su cuarto, su cama; y sobre ella el libreto que había estudiado la noche anterior para filmar la escena de una película.
martes, 16 de febrero de 2010
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