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lunes, 15 de febrero de 2010

Lipstick

Lipstick.

Por: José Andrés Pérez Castillo

No sé si has oído hablar de aquel psicólogo que por analizar tanto sus sueños ya no los distinguía entre sus recuerdos o vivencias. Pues a mí me pasa lo mismito. Me dijo un primo que si no duermes después de no-sé-cuántos días te mueres para siempre, aunque no creo que te mueras por tanto dormir, pregúntale a los osos, a los gatos, o a mí.

Yo analizo mis sueños para entender y darle sentido a mi vida (que es más sueño que vida), o analizo mi vida para darle sentido a mis sueños, o sueño mis análisis para darle vida a mis sentidos, o siento mis sueños para analizar mis vidas, o vivo mis sueños para sentir mis análisis. Ya no sé ni qué hago.

Si se duerme una tercera parte del día, y vives cien años, treintitres años los pasaste durmiendo. No es lo mismo dormir que descansar, por eso le hago tanto caso a mis sueños, ellos me explican todo cuando no me doy color de lo que está pasando (casi siempre, o casi nunca). Mis días despierto los percibo del mismo modo que a mis sueños, no entiendo nada, y como no se lo cuento a nadie, no sé si vivo o duermo. Duermo para imaginar y despierto para recordar, pero imagino lo que no olvidé, entonces creo tres versiones distintas de lo que está pasando: la soñada, la recordada, la inventada.

Tres oportunidades para saber qué pasó o qué pasa. Justo hoy se me enredó un problema. No sé era todavía un sueño, o estaba recordando el sueño, o viviendo lo que soñé.

El problema es este: cuando desperté hoy en la mañana lo primero que hice fue escribir mi sueño, o los pequeños fragmentos de los que tenía memoria, los leí y todo se ha vuelto un caos, ya sabrán por qué.

“Estoy en la biblioteca en uno de los cubículos. A dos sillas a mi derecha está esta chica que jamás había visto, es hermosa. Me sé su nombre pero ella no lo sabe, (no sabe que lo sé, obviamente se sabe su propio nombre).”­-escribí hace rato.

De hecho, sí estoy en la biblioteca, justo como en el sueño, en el mismo cubículo ,para variar, y hace unos segundos giré mi cuello y ¡ahí estaba ella también! Ella volteó al mismo tiempo, abrí mis párpados más de lo normal, sonreí de una sola orilla de mi boca sin mostrar mi dentadura, levantando las cejas. “Oh, oh… ¿le hablo, o no?, ¿qué le digo?, Con un ¿Cómo se llamaba?”-pensaba yo.

“Volteo fingiendo un bostezo para verle la cara y para atraer su atención, levanto ambos brazos, rascándome atrás de la oreja con la mano izquierda. Ella se pone de pie y me dice: “ya es tarde, vámonos”. “¿A dónde?”- le cuestiono, “¡pues a comer a mi casa, nos esperan!”. Supongo que es mi novia o mi pareja y que venimos juntos. Se acerca, me pongo nervioso, me toma la mano y besa mi mejilla con sus labios remojados en lipstick.”­-seguía leyendo mi sueño de ayer.

“Estuviste en mi sueño de ayer”-le dije con voz modorra-“y hasta me sé tu nombre.”- muy seguro de lo que decía.

“¿En serio?”

“Ajá”

No me creyó entonces jugamos ahorcado con 3 chanzas a equivocarme, 7 letras.

“A”-dije.

“Sí”-contestó: _ A _ _ _ _ A.

“E”

“También.”-replicó: _ A _ _ E _ A

“Ele”.

“Ajá”: _ A _ _ E L A.

“Errrrre”-dije.

“¡Sí-sí-sí vas bien!”-dijo mientras me enseñaba sus dientes blancos y alineados, yo apostaría mi billetera a que tuvo ortodoncia de pequeña.:
_ A R _ E L A.

Descubrí que se podía llamar Mariela, Marcela, o Carmela, después empecé a inventar, Barcela, Parfela, Gardela, Tarpela, Varuela, Darmela.

“¿I?”-pregunté dudoso.

“¡No-oh!, ya perdiste.”-respondió con tono burlón.

“Pero… aún me quedan dos oportunidades”

“Ni modo, ya me tengo que ir.”, se puso de pie, metió un libro en su mochila y partió.

Para cuando se había ya ido (supuestamente) yo seguía imaginándome conversaciones otra vez, ella seguía allí, yo aquí donde mismo. Nada pasaba entre nosotros todavía.

Notaba su presencia de reojo, seguía ella ocupada con su libro. Fue entonces cuando me propuse escribirle a mano un poema gracioso que rimara con su nombre (que no sabía plenamente) para romper el hielo y acercármele:

Tu cara deja cierta estela
que ilumina mi techo como una vela;
me vibras, y bailas con castañuelas,
me entumeces y congelas.

Si te viera caminar en una pasarela
con sólo tu piel como tela,
me provocarías comezón de viruela,
y me arrugaría como ciruela.

Si me lo pides, a mi botas le quito laz espuelas
me dejo pinchar con una tachuela,
te invito una chela,
lo que sea si a ti te consuela,

No sé si tengas mucha clientela,
pero no soy una sanguijuela,
me traes muy en la lela,
llévame contigo, aunque sea en tu cajuela.


Limpiaría tus pisos con franela,
te escribiría una novela,
te retrataría con acuarela,
te compartiría mi parcela.

Oh, esta ansí mía, damisela
por favor quítamela
pues quizá seas mi alma gemela,
y de mis nietos quiero que seas la abuela.

Ya llevaba un par opciones, ninguna me daba plena seguridad suficiente para acercármele, pues al no la conocerla no sabía como reaccionaría. Pensé en una plática casual, un “disculpa, ¿qué hora tienes?”, seguido de un “gracias, ¿te conozco de algún lado?”. ¡Sí, sí, luego le daré el poema!, ¡después le diré que sí nos conocemos!, ¡hasta sé su nombre e improvisaré alguna historia para que pegue el chicle!

El problema es que sólo escribía y planeaba, cuando me decidí a actuar, volteé a mi flanco derecho y ella ya se había ido.

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