ELLA
I
Me despertó mi colchón empujándome por detrás, invocando pelea. Esa fue mi impresión por la fuerza con la que levanté mi espalda, mi frente sudaba. Alguna vez descubrí mi manera de hacer y tener sueños lúcidos, volver a ellos para manipularlos a mi antojo. Éste último fue demasiado real, tanto que lo lúcido iba quedándome a duda. El no-sentido iba ganando. Había sido hasta ese punto de mi vida el sueño más sobresaliente y esperado: una señal.
No estaba conforme, no podía acabar ahí. Quería volver, intenté mi técnica, no fue muy exitosa.
Volví al sueño, él se apoderaba de mí. Sólo quedaba la silueta de ella marcada en el encandilamiento de mis ojos, como apagar la tv y ver la figura congelada de la última escena, pero sobre mis párpados.
Veía hacia arriba del monte donde estábamos previamente colocados. Observaba el contorno de su figura en la cima. Todo iba partiendo, huyendo de mí. Yo estaba tendido en el suelo, imposibilitado de reaccionar.
Mis regresos eran tumbados, era angustiante estar tan inmóvil.
En mi mente giraban repetitivamente tanto imágenes como escenas del sueño: los dos juntos, recostados en el césped esponjoso parecido al color verde-jungla de sus ojos. Nos besábamos múltiples y prolongadas veces, como si lo hubiéramos hecho millones de ocasiones antes, lo tuviéramos ensayado. Reconocía sus labios de inmediato: su jugueteo, su grosor, su ritmo, su sabor, su calor, su humedad. Abría los ojos, veía los suyos: matices de brillo y sombra. El proceso posterior de pocos segundos: la aprecio bellísima, dilatación de pupilas, parpadeo-doble, sonrisa tierna sin dientes, palabras afectivas en murmullo, caricias. Todo me era familiar. Era normal que me calaran sus anillos entre nuestros dedos entrelazados. La suavidad de sus manos era como deslizarse sobre una resbaladilla de seda. Arrancábamos un poco de pasto, lo arrojábamos alto. Lo veíamos como lluvia espesa, lento, esparcido, pero permanecía, sin caer, flotando entre nosotros, como si estuviéramos dentro de una burbuja sin gravedad.
La brisa era nuestros suspiros acumulados. El sol estaba por ocultarse. El cielo era color mandarina. Mirando hacia arriba, por la vereda de la colina, el rastro de nuestros pies en el pasto desgastado color arena me hacía saber que ya habíamos estado aquí.
Ella se levantó, se encaminó a la cima, me llamaba para acompañarla. Ondeaba sus manos, me gritaba, su voz rebotaba como eco a mis adentros. Sonreía, sus risas recorrían todo mi cuerpo, haciéndolo vibrar. Ella corría hacia arriba, para ver el sol sumirse en el paisaje. Todo estaba hundiéndose y me paralizaba.
El control de mis sueños era insuficiente. Intenté una vez más: Seguía tirado en el suelo. Inhabilitado, arrastrándome, encajando mis manos en el piso para trepar a la cima con ella, pero era como si me jalaran los pies, me llevaran cada vez más lejos.
El césped arrancado que flotaba cae sobre mí, mis manos ahora extendidas, estiradas, intentando despegarse, arrancarse de mi cuerpo para alcanzarla; mi boca abierta gritando mudamente su nombre. ¡¿Cuál era su nombre?!
Estaba ofuscado por su deslumbramiento e incapacitado para levantarme, deseoso de que volviera conmigo. Mi voz estaba muerta. Mi aliento no hacía ruidos. Mis manos se estiraban pesadas hacia ella. El sol iba bajando, se acomodaba justo a la altura de su cabeza, como si la luz la persiguiera. Su cuerpo era una silueta negra. Seguía llamándome.
Una mano me decía ven, la otra hacía chasquidos señalándome prisa, para no perder la luminosidad en proceso de extinguirse una vez más. La luz iba bajando y su silueta eclipsándose. Oía cada vez más lejana su voz invitándome a acercarme mientras todo se desvanecía. Todo iba esfumándose. Se metió el sol. Todo desapareció.
II
Ya despierto fui al baño, arrojé un poco de agua fría sobre mis ojos, los tallé. Memoricé cada escena, las repetía cíclicamente por mis pensamientos.
Me quedé algunos minutos hipnotizado viendo en el espejo el agua escurrirse sobre mi cara. Mi vista fija y perdida la veía: Ella, sin nombre. Nunca supe qué tanto ansiaba encontrarla, no la buscaba conscientemente, no estaba cuerdo de su llegada, pero bien sabía que existía. La hallé por fin, estaba en algún lugar, era para mí.
Si yo al creador de la humanidad le hubiera entregado una lista con todas las características, detalles que me gustarían en alguien para que él la hiciera, lo logró, estaba ya fabricada: Ella, perfecta y justa para mí.
Le dije al espejo: "ya nació, ya nació ella, con quien envejeceré y compartiré mi vida con el grado máximo de felicidad." Ya me gustaba, era mi prospecto, mi prototipo ideal desde antes de conocerla.
Me vestí y salí.
III
Me dirigí caminando al museo. Llegué rápido. Sentía poca sangre circular a mi cabeza, mareado, como si hubiese estado parado de manos durante horas.
Caminé entre algunas salas de exposiciones hasta llegar a un pasillo dividido en dos, por en medio y a lo largo, por un muro extenso. Era de unos 2.5 metros de altura, medio metro de grueso; rojo con textura arrugada, rasposa.
La pared tenía huecos con espejos incrustados, de diferentes dimensiones, formas irregulares, doblados para desfigurarme en reflejos. Me veía asimétrico. La gente se paraba, reía a distancia, se colocaban en frente de ellos, levantaban los brazos, hacían muecas, abrían la boca. Oía las risas como si estuvieran distorsionadas en lentitud y tono grave.
Todo me daba vueltas. No podía dejar de pensarla. Sentía terror al verme en los espejos por la impresión de quedarme deforme para siempre, que fueran espejos comunes y corrientes, que así fuera yo, o todos lo fuéramos. Ya me sabía el truco. Me sorprendían más de niño.
Empecé a caminar muy lento, paralelo, cerca del muro. Deslizaba mi mano izquierda sobre la superficie. Estaba al pendiente de todo, de nada a la vez. Veía todo de reojo sin observar, oía sin escuchar, estaba ausente en presencia, como zombi. Caminé hasta llegar a otro de los huecos con espejos.
Justo al pasar mis dedos sobre uno de los huecos de la pared, ella también lo hacía pero del otro costado. Nuestras yemas se tocaron, nuestros dedos se entrelazaron como enredaderas en rejas de jardín.
Me detuve. Mi impresión fue sorpresiva. Fue como si nuestras manos hubiesen estado imantadas. Se adhirieron a presión. No quería ni pensaba en separarlas porque sentía que iba a estar todo muy pegajoso, que se verían tiras e hilos viscosos al alejarlas.
Era ella, ¡la de mi sueño! El amor de mis vidas, de mis existencias. La de siempre.
Tuve tranquilidad sustituta, como al estar con un viejo amigo, o familiares cercanos. Sin presiones. Me despabilé como si me hubieran arrojado un cubetazo de agua helada en la cara. Sentí estar en casa de inmediato.
IV
De mi boca comenzaron a salir múltiples palabras que parecían ajenas a mí, como en trance:
Te conozco y reconozco, eres tú la de mis sueños. No sé tu nombre, pero sé cada mínimo detalle de ti, de cómo eres. No necesitaba un nombre para identificarla o clasificarla. La había conocido con tantos que es absurdo llamarla por alguno ahora. Es tu mismo ser. Eres preciosa.
Hemos compartido vidas pasadas. Hicimos un juramento de amor eterno-repitió ella al mismo tiempo que yo-. Nos pertenecemos-dijimos.
Si no eres tú no podría ser nadie más.-jamás lo diría dos veces.
Podría descartar millonadas de humanidad e intentos de búsqueda. Son confirmaciones aseguradas que evidencian que estemos juntos. Sé que eres tú, te he estado esperando, lo hemos hecho muchas veces, con promesa de decirnos esto. Sacrificar cualquier cosa para unirnos otra vez. Reencontrarnos para pasar nuestras vidas juntas de nuevo.
Reconozco tu alma, tu ente, tu esencia. Somos almas gemelas.
Ella movía sus labios al par de los míos, como si hubiésemos practicado estas oraciones que jamás había yo pensado. Lo habíamos pre-escrito, memorizado inconscientemente.
Acordamos en decirnos esto al encontrarnos. Dejar todo para estar juntos de nuevo. No es una obligación. No es predestinación, sino una elección. Escoger volver a ser feliz en inmensidades inmensurables. Es ahorrarnos intentos.
Palabras salían y salían de mi boca como si me hubieran insertado un casete en la nuca y mi voz fueran las bocinas. No callaba. Podía escucharme a mí mismo hablar externamente reconociendo mi voz, oyéndola raro, como en grabaciones de video.
Era mi voz, eran mis palabras, eran mis pensamientos y sentimientos diciéndolo todo. Me visualizaba desde lejos hablando muy emotivo.
El amor sería hipócrita si existiera esa persona indicada para cada quien, con quien mejor podrías entenderte e identificarte, con quien menos problemas y complicaciones tendrías, mejor la pasarías, más te divertirías, alcanzarías el máximo nivel de felicidad, de tranquilidad, simpatices, compatibilices mejor que con nadie. Uno para el otro.
Quizás jamás conocerás a esa persona o esté muy lejos. Será mejor que no la busques, porque no la encontrarías. Es demasiada exigencia, perfeccionismo. El amor es una lucha, es esfuerzo, no sólo un encuentro mágico.
Sea lo que sea, ella y yo estábamos ya juntos para correspondernos para siempre.
Estaba llorando suavemente, la felicidad irradiaba, uno frente a otro. Solo el hueco de la pared nos obstaculizaba, aunque unidos por nuestras manos.
La besé en la boca, vamos al final del pasillo donde el mural termina, le dije, para encontrarnos, abrazarnos y reunirnos. Yo me sentía realizado. Sentí que no me faltaba nada más. Estaba entero. Lleno casi a desbordar.
Troté hacia el lado derecho, el más cerca. Ella lo hizo también. Los espejos restantes me hacían ver más alto, más flaco, más gordo, deforme y gracioso. Se veían estelas disparejas de luz y sombras al pasar. Sentía como caminar sobre la alfombra roja, pétalos de tulipán holandés, o nubes, iba camino hacia la gloria. Llegué al fondo del pasillo con mi sonrisa de oreja a oreja. Mis brazos abiertos como alas preparadas para volar. Mis ojos llorosos, delicados. Mi pecho y estómago sentían revoloteos por primera vez en mi vida, tan intensamente.
Le di la vuelta al muro, ella venía dando la vuelta también, pero con la mirada perdida, como si hubiera olvidado el acuerdo de encontrarnos en este punto. Totalmente des-enterada.
Tomé sus manos que recargaba al costado de sus caderas, la abracé. Cerré los ojos, suspiré sujetándola fuerte, pensé mil cosas en pocos segundos, mi vida había trepado cientos de escalones, aunque ella no lo correspondiera, se dejaba abrazar como lo haría una muñeca, sin abrazarte de vuelta. Ella al ver mis ojos llorosos, llenos de tanta emoción no se apartó. Supuse que sintió compasión, o al verme tan sentimental no quiso estropearme el momento, esperó a que mi excitación se redujera.
Por fin nos encontramos, le dije entusiasmado. ¿Encontramos? No sé de qué hablas, a la mejor te estás confundiendo…-me contestó sin ser seca. Sonrió de alguna manera hiriente, comprometedora.
Me soltó, sin parpadear la vi partir lentamente con el movimiento de sus caderas como leona y el arrastrar de sus pies. La alcancé, la tomé por el hombro y dije:
-Mira, bueno escucha. Sé que no tienes idea de qué estoy hablando, pero te juro que te soñé, te juro que estabas en el hueco, todo lo que decía tú lo ibas repitiendo. ¡Todo te lo sabías de memoria! Yo no tenía idea de qué decía, pero me salió del alma. El punto es que eres para mí y yo para ti. No estoy tratando de convencerte en creer, eso es tu propia decisión. Lo que quiero es que recuerdes, nosotros somos puramente complementarios y almas gemelas. Si no estamos juntos no seremos máximamente felices.
Sé que no es fácil corresponder inmediatamente a alguien que podría serte un completo extraño. Hemos seguido esta convicción durante vidas y vidas. Tú también has sido la primera en acercarse, haciéndolo lo mismo que estoy haciendo. Reconóceme, soy yo, el de siempre. Sé que eres tú. ¿Te suena familiar?
Di que sí, di que sí por favor.
-Sigo sin entender nada, creo que te estás confundiendo, no soy quien piensas que soy. Esto parece un juego de locos.
-En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón.(Friedrich Wilhelm Nietzsche) Intentémoslo, déjame probártelo.
-¿Qué quieres?
- Acompáñame al hueco de la pared, donde te lo dije todo, quizás así recuerdes.
- Uuhmm…bueno.
Su accesibilidad me daba vastas señales, sabía de mis expectativas: estaba dispuesta, fue para seguirle al juego, sí creía, quería creer, quería verse amable, lo recordó, etc. La quería de vuelta a mí, si es que alguna vez fue mía.
Llegamos. “Mira, aquí en este agujer... ¿espejo?” Pude ver mis huellas digitales y mis manos embarradas en el espejo. Mi aliento empañado, mi vaho opacando el cristal que no era un hueco, era un espejo común y corriente.
¿Estuve hablando solo?
“Aquí había un hueco y tú estabas del otro lado, entrelazamos manos y te lo dije todo...” “¿Qué?”, “Mejor olvídalo. Perdón y Gracias.” Goteé un último par de lágrimas, me retiré pensativo con la mirada baja. Ella se quedó allí muy confundida hasta donde supe.
V
Tomé el camino más largo a casa, decidí perderme por la ciudad, que mi pasaje se trazara solo. Rumbo a la perdición y el olvido. Apretaba las muelas, daba respiros profundos, evitaba llorar.
En el trayecto a tierra de nadie hablaba conmigo mismo, trataba de explicarme qué sucedió:
¿Fue todo invento mío? El sueño, ella allí, mis palabras, el reencuentro y nada. Vaya tontería.
Si somos almas gemelas, tendría que ser mutuo y recíproco el trato. Si el juramento fue real, los dos teníamos que recordarlo o al menos que nos sonara coherente. Por lo menos yo la soñé, sabía un poco más de qué se trataba esto. El sueño es la única prueba, confirmó todas mis presuposiciones y esperanzas de su existencia.
De alguna manera comprendo el shock que sería que alguien completamente desconocido, como yo, se te acercara para decir todo eso que dije.
Mi supuesta felicidad eterna se desploma. Tanto tiempo e insistencia mía precedía a su reaparición. Si no es ella no puede ser nadie más. Esto jamás lo olvidaré. Sí es, sí ha de ser.
Todo podría ser un auto-engaño. No querer aceptar que no sea ella, o aferrarme a que sí. Que fuera una ilusión, esperanza, o miedo de desocupar el espacio que llenaba huecos, lo que la conserva viva. Una falsedad de mis pensamientos, jugar conmigo, creer en algo para mantener mi mente ocupada. O simplemente me equivoqué, que significaba más de lo que creí.
Si me la vuelvo a encontrar podría ser diferente. Seguro nos reconoceríamos… ¿qué tal si funciona? Por lo pronto no quiero saber.
Cuando me di cuenta ya estaba más lejos de lo que creía.
VI
Ella lo vio marcharse, se quedó allí mismo parada, confundida, pensativa. Volteó al espejo de reojo, regresó rápido la mirada, sintió una presencia, volvió a mirar, pero ahora fijamente. Se acercó al espejo arrastrando los pies en pasos de gallo-gallina, allí estaba él viéndola. Su corazón se detuvo por un momento e inhaló pausadamente. El casete se le insertó también, se dijeron lo mismito llorando. Besó el espejo y salió corriendo a la calle a buscarlo.
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