Domingo 12:35 am
Era cerca de la una de la tarde, la luz entraba por mi ventana a una intensidad más leve que la común, tal como solía presentarse horas antes, como a eso de las ocho, o siete cuando se trataba de invierno. Pero esta vez eran las doce y media y yo aún despertaba de tremendo sueño de 10 horas, pensando que tal vez sería el tiempo de volver a la realidad de las cosas, a las tareas y quehaceres de mi vida cotidiana, aunque fuera domingo. Y es que no siempre se podía vivir descansando. Había que tener un momento en el que el impulso correcto lo llevase a uno a construir su propia vida, su propia existencia. Las actividades correctas que me llevarían al momento deseado. Tal como bajar las escaleras con la cama tendida y el cuarto ya hecho. Y más allá, al instante en que me encontrara enfrente de un huevo revuelto con espinacas y un jugo de naranja en la mano, mientras tenía en mis oídos los auriculares del radio, escuchando mi estación favorita. Pero tales visiones de éxito exigían voluntad y esfuerzo, esfuerzo que ya mentalizaba desde mi cama, entre mis sábanas mirando la tenue luz que siempre deseé en justa medida que existiera a las 7, para hacerme la vida tranquila y no sentir que el sol era mi despertador cotidiano.
Ese es el deseo que sostengo siempre para todos los días. Sin embargo solo existe en domingo, pues los demás días tengo que levantarme temprano y ver que el sol sigue haciendo su triunfal entrada. Siendo así salí de mi cama y procedí como ya lo hacía mentalmente hacia una hora, y ahora me encontraba fuera de mi casa cortando el césped y preparándome ya mentalmente también para mi siguiente actividad del día. Fue entonces cuando di con él. Un libro. Un libro en blanco. Me detuve ahí mismo en el jardín y sin soltar la herramienta que sostenía en la mano izquierda, pues estaba a punto de quitarme el guante de esa misma mano para sostener cubierta la herramienta sucia, me incliné de cunclillas y lo observé.
Pasando el medio día, dediqué dos horas a hacer mis deberes escolares, luego salí de mi casa con el libro en una bolsa y me dirigí al muelle que se encontraba colina arriba. Era un muelle artificial, creado de un lago artificial que daba vista a las montañas cercanas que lo rodeaban alrededor. Hacía unos años mi colonia había sido un valle, el bosque de Cuajimalpa, donde dicen, venía el mismísimo Moctezuma a cazar venados, sin embargo con el tiempo se hizo una zona colonial y después citadina, y ahora con mi niñez ya perdida hace muchísimo tiempo, era un lago artificial. Y la parte de colina arriba una zona turística que tenía hoteles y casitas de campo que ofrecían hospedaje, comidas y herramientas propias de un lugar para pescar.
Raúl era mi mejor amigo, nos habíamos conocido unos tres años atrás cuando llegara a instalarse junto con su socio Matías para la construcción del proyecto, que a pesar de no verse ostentoso, había planificado bastante bien para un grupo exclusivo de clientes de mediana y longeva edad que buscaran días tranquilos en una ciudad pesquera. Pesquera artificial (supongo), pues como ya dije, no era un lago natural, es más, ni siquiera tenía el tamaño de un lago decente, sino mas bien el de una laguna no más grande de extensión de lo que fuese una cuadra y que bizarramente estaba construida hacia abajo en una calle que era la inclinación de lo que algún día fuera una pequeña montaña y que de hecho limitaba a pocos metros de extensión de mi casa. Sí, a unos peligrosísimos tres metros, detenidos solo por una poderosa presa, o al menos así me tranquilizó siempre Raúl respecto a tener arriba de mi casa unas 300 toneladas de agua en inclinación arriba de mi casa, la que estaba cerca del punto de conexión natural de la cuadra y mi fe. Pero eso era algo nada bochornoso pues ahora podía sentarme ahí, en su hostelería, con la bella vista de las montañas a platicar con este ahora mi cuaderno de notas. Siempre creí que aquella pared que dividía mi casa del agua era un ángel guardián, de esos que te protegen de las cosas malas y te ayudan a conservar a las amistades. Después de todo así era en cuanto a mí y a Raúl, que por lo menos no había tenido que enfrentar una demanda de mi parte por tener tan peligrosa represa arriba de mi casa. Aunque era lo de menos. La verdad, es que siempre había querido vivir cerca de la costa. Y Valle de Bravo nunca había sido mi opción.
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