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jueves, 25 de febrero de 2010

Historia de uno de los personajes.

Podría una persona de ese tipo enamorarse?
Siempre se le había ocurrido todo lo que sus padres le habían pedido que
hiciera para ser feliz. Entre tantas de esas cosas estaba el estar enamorado de sí mismo, de cuidar solo de sí- De sonreir a la gente aunque no le cayeran bien, y ver solamente por si mismo. Era LA FORMA de ser, de convivivir, de sobrevivir y de sobresalir. Teresa era una cosa rara, era aquello que se supone no debía de pasar. Era la persona que menos tenía que pasar en su vida, sabía todo, casi todo. Desde que tenía un dedo torcido hasta que le gustaban las gelatinas. Curiosa debilidad de alguien que siempre ha sido muy cuidadoso con su figura y no le gusta comer azúcar porque tiene antecedentes diabéticos por ambos lados de su familia; sabía por ejemplo también que cuidaba su pelo, aplicándole una mascarilla de huevo con cebolla todas las noches del jueves, y que incluso le tenía hecha ya una mezcla al llegar del trabajo. Quizá porque ella cuidaba de él era que él terminó enamorándose de ella. ¿enamorándose? No, era una relación de conveniencia. Sí, solo eso y nada más. Una de esas alianzas que son para hacer la vida ligera y tener a quien abrazar cuando se duerme, solos, en silencio, sin que nadie se entere, porque donde hay puntos débiles hay debilidad.

Su madre siempre le dijo que las personas no eran precisamente indispensables. Se lo recomendaba una y otra vez cada que perdía una mascota, ya fuera el perico que solo le duró tres días o el pez que no pasaba de una semana. Él había tenido muchas mascotas, y de a poco encariñarse a alguien no era conveniente. Si, Teresa era otra mascota. De esas que te hacen la vida ligera como el pez, o como el perro.

Lo que si no era inmediatamente imposible de desechar (o de perder) era su empleo y su sueño de tener una casa junto al mar. De esas que siempre soñó que tendría, como la de su abuelo, que perdieron al descubrir que su padre y su tía Olga no eran al parecer únicos herederos. El día del velatorio, se habían presentado al menos otros tres hijos más, con papeles y todas las formalidades correspondientes. Cuando ella y su hermana Xime le preguntaron a la abuela al respecto ella solo sonrió diciendo: era más bien por conveniencia. Tenía 7 años y ya empezaba a sentir que la vida era medio asco. Teresa, sin embargo, tenía que ser un error. De esos que aparecen en forma de vieja con tazón de leche en mano y sonrisa de ángel en el rostro. Sin mascarillas, sin formalidades.

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