Cazadores.
Para Manuel Armida.
Como no había mucho qué hacer en las horas libres entre clase y clase, que yo llamaba 'recreos' como si fuera secundaría, Freddy y yo nos dedicábamos a cazar. Él era el único de los mais que tenía recreo, diario de once a doce, como yo.
Las buscábamos, perseguíamos y atrapábamos: ya en nuestras manos algo se nos ocurriría. Si se quedaban escondidas en la sombra, entre huecos, nos esperábamos a que salieran, o tomábamos varitas largas, que metíamos al hoyo y las picoteábamos hasta que se rindieran y lo evacuaran. Salían de volada. Las apaleábamos.
La gente se movía cuando las veía pasar como si fueran un animalón. Puñales todos; todas sobre todo, puñalas. Ellos se ponían de putos o maricones, ellas de putas o mariconas, o de putos también, porque marimachas no aplica. El punto es que todos eran una bola de collones.
Las víctimas se recostaban en toda su panza bajo el sol de la explanada, como si estuviesen vacacionando, sobre las piedras que dividen escalones de pasto, donde reposábamos con sombrillas arrancadas de mesas metálicas. Ambos descansamos, ¡algo en común!
Si yo fuera una de ellas por un día no sabría qué hacer, porque no sé todavía qué hacen.
Lo que sí sé son sus repeticiones, acostarse al sol, repeticiones, correr cuando alguien se acerque, repeticiones, esconderse en la sombra, repeticiones, ¿qué más? Si tanto ejercicio hacían deberían parecer lagartones, o cocodrilos bebés, pero están ñanguitas y débiles.
Por eso decidimos atraparlas a todas, 4 por día al menos; para tenerlas ocupadas, para hacerlas desear escape y libertad. Después harían algo mejor, aprovecharían su vida, y yo descubriría el misterio por fin.
Las dejábamos ir si no se portaban muy necias, queríamos saber qué sentían, ¿sentían a caso? ¿Tendrán ganas de estar a salvo, en casa, o solamente no quieren ser devoradas o aniquiladas? ¿Para qué escapan? Debe de haber algo que hagan que nos repercuta a todos.
Entre más necias mejor para nosotros, porque nos retaban más. No era muy fácil atraparlas al principio, de hecho no tendría nada aventurero si cualquiera pudiera hacerlo. Es más el miedo el tocarlas y tenerlas entre manos, como si fueran sartenes fundiéndose en calor, que el peligro que te podrían causar: Nada. Si te muerden no duele, sólo te rompen pellejitos.
Me sacaron dos que tres grititos de gatas peleoneras cuando me las aventaban encima.
Freddy con su gorra militar me hacía sentir en excursiones forestales, que había algo de profesionalismo.
Sucedió que al abrir mi mochila, ya en clase, salía volando alguna, pero sin alas. Todo el salón se alborotaba, le tomaban fotos en las paredes, en el techo. La atención de los profesores se disturbaba. Todos gritaban, se subían a las sillas, levantaban las piernas, como si fuera una estampida de toros. Era algo que cada alumno le contaría a su mamá en la comida, "¡Hoy se metió una lagartija a mi salón!". Freddy y yo podíamos cambiar la monotonía de los días entre los presentes, ningún día se distinguía entre otros, hasta que aparecía una lagartija en tu bolso. A partir de nuestras “travesuras” la gente tenía como hábito revisar bien sus mochilas por el resto de los cursos.
Yo jamás diría que el animal estaba adentro, ni que fue intencional el guardarlas en la bolsa pequeña frontal de mi mochila, perdería lo “accidental”. El récord fueron 3 dentro de la misma bolsa. Había sospechas mudas de posibles “chistositos” dentro de la clase. Como yo también era mi propia víctima, me descartaba automáticamente.
El hecho de tenerlas encerradas las hacía desesperar, por eso brincaban, supongo.
Se creían las muy inteligentes queriéndonos engañar haciéndose las muertitas cuando las colocabas boca arriba. Truco: las pones en la palma de tu mano y dejan de respirar, su corazón se paraliza, se quedan inmóviles, de repente saltan con un giro 180° para fugarse. Para principiantes muy idiotas diciendo, "ooh mira, ya se murió, mejor hay que soltarla" y escapaban. Nadie cae en la trampa después de su primer atrape. Aunque por muy estúpido parezca, ¡tenían poderes sobrehumanos! ¿Parar tu corazón?, ¿dejar de respirar?, ¿inmovilizarte?, ¿automutilación para escapar? Tácticas de defensa y engaño.
Cuando las teníamos se nos ocurrían cosas nefastas, como colocarlas en medio de los panes del emparedado que le preparó mami a alguien, o amarrar con listones a 3 o 4 juntas y arrojarlas, meterlas en el culo a alguien, no, no, no. Sólo imaginar a donde llegaría a parar, con eso que se meten en los hoyos…¡aaayy!, meterlas en las mochilas era la más aceptable.
Un jueves encontramos una grande, se quedaba fija en el pasto "camuflajeándose" según ella. La atrapé y llamé a Freddy, sólo gritábamos “¡MAI!” y ya sabíamos de qué se trataba. Él la sostuvo mientras yo buscaba una fichita de lata de las que juntan para recaudar sillas de ruedas, o un globo. Encontré un globo rojo, le arranqué con los dientes todo el vientre del inflable, dejando sólo el anillo.
Teníamos a la ganadora, la más necia y fugitiva de nuestro historial largartíjero. Era la única que se puso mamada haciendo tantas lagartijas.
"Pongámosle el anillo en el cuello, para que cuando crezca la reconozcamos y así we", "va"; estábamos seguros que era ella la que queríamos coronar, con ninguna habíamos batallado tanto. Él la agarró, yo le cerraba el hocico y le metía la rosquilla elástica. No dejaba ponerse el collarín de honor, abría la boca. Estaba ya lista en el cuello cuando se zafó, recorriéndosele como mantequilla sobre teflón, intenté de nuevo, mordió el aro y se le fue la cabeza para atrás.
Se le rompió toda la mandíbula, dejándole todo el cuello guango, colgando como un péndulo de reloj antiguo.
Seguía meneándose como lombriz, quisimos verla girar como taladro eléctrico, la tomé por la orilla de la cola y efectivamente giró en espiral como torbellino, me quedé con la cola en la mano, la mini-cocodrila se azotó en la piedra. Ya no podía correr porque mientras la sujetábamos se le había roto una pata, como se veía dispareja se las arrancamos todas, no podía hacer nada ya. Aún vibraba, aunque no tuviera una sola pierna, ni cuello, ni cola. “Ay, no hay pedeh mai, luego le crecen, ¿no?”, “sí, sí, seguro”.
Tomé una de las varitas que teníamos para los hoyos y lo metí por la garganta hasta atrás, esperando que saliera por donde defeca, pero se fue chueca y salió por la panza. Freddy le hizo una cesárea con una piedra filosa. Le abrimos toda la panza, le sacamos todas las tripas y la dejamos como tapete de cuero, sin plumaje ni pelaje. Quedó un bulto sin piernas ni cola, abierto por la mitad, extendido y dorándose con el sol en las piedras de la explanada.
Arrancamos pasto e hicimos una cama, el colchón era una hoja seca que cubría lo
de abajo, dejándola alzada. Pusimos el cadáver de la campeona, con cada sus 4
patas y la cola en forma de estrella alrededor de la cama.
Nos pusimos de pie, la vimos desde lejitos y sentimos orgullo. “Quedó chida ¿vea?”, “simón jaja”. Ya era mediodía pasadito, cada quien fue a su clase.
Los que se acercaron a verla quedaron asqueados. Para el viernes ya no estaba su trono,
pero partir de ese día no volvimos a ver una sola lagartija por allí.
Como si su altar hubiera sido un espanta-pájaros, pero espanta-lagartijas.
Matamos a la fuerte, a la reina.
El patio quedó vacío de vida fauna, sin contar las cochinillas que usábamos como
baloncitos cuando se enrollaban en su caparazón, las porterías eran nuestros
dedos, ni los caracoles que roseábamos son sal para verlos espumar. Jamás supe.
ANALIZAR Y DESARROLLAR EL PRIMER ELEMENTO DE LA NARRATIVA: ESPACIO.
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