PINGÜINO SUPERSTAR
Sé que mejor debería, intentar alguna canción en lugar de esto. No soy cantante, desde luego, pero mucho menos cuentacuentos o contador de historias. Pero es quizá porque no he podido explicar a nadie, y sobre todo, a Carmina; el porqué estoy aquí –en realidad, sobre todo a mí mismo-; que comenzaré por decir que mi padre, es un pingüino y que debido a ese fenómeno biológico y a la búsqueda de su explicación, es que he viajado hasta aquí.
Naturalmente, se esperaría que hubiera viajado al Polo Norte y no aquí, pero bueno, es ésta la ciudad que papá eligió. Sé que esto –el hecho de que sea yo el hijo de un pingüino-, no es una explicación. Por lo menos, no una coherente, es más, ni aceptable siquiera para mí. Eso es lo que siempre pensó Carmina, cuando poco a poco y cada vez más, fui sumiéndome en mi silencio tratando de descifrar el fenómeno biológico que he mencionado.
Carmina, durante los últimos meses, hubo de dialogar conmigo mediante largos silencios, dirigidos del uno al otro. Y al final, antes de levantarse, solía sólo decir “está bien, okey”
A mí, siempre me pareció que mi papá guardaba toda la tristeza del mundo en su mirada inocente. Él, que había conseguido hacer infelices a tantos y que de tantos había conseguido su desprecio; a mí me parecía como un niño pequeño perdido en medio de la ciudad, mirando a todos desde abajo, como si sintiera que de un momento a otro, desaparecería entre sus pisadas.
Y tengo algo más que contar sobre él, sobre los secretos que solía guardar en cajas de cartón desvencijadas y remachadas con cinta adhesiva: Conservaba en ellas los residuos de más de ochenta años de intentos. Había desde pipas antiguas, hasta artefactos fotográficos, instrumentos de medición topográfica, credenciales, una placa del servicio secreto, una licencia de aviador; varios modelos de anteojos; navajas suizas; plumas… y decenas de colecciones de acetatos de la época de Astrud Gilbert, Tito Puente, Nina Simone, Buy Clayton, y uno que otro de D´jango Reinhardt ; todo el repertorio del Bossa Nova, el Jazz y el Blues de entre los 30´s y 60´s, permanecía bajo un especial resguardo en esas cajas roídas que conservaban, a mí me parecía, escombros de su corazón.
Puedo imaginarlo sentado en una Ludwig jazzera, sonriendo detrás de unas gruesas gafas de armazón de pasta oscura. Ésa, es la imagen que quiero guardar de él; ésa es la imagen que me persigue desde que hace unos meses, decidimos abandonarnos cada uno a su suerte: él, “emigrando” a un asilo, aquí en Ronda –al menos eso dijo-; yo, tratando de descifrar su “migración”
Y en un escenario como éste, no puedo evitar verlo: él aparece, sentado en la Ludwig, la baqueta en la izquierda entre el medio, el anular y el pulgar; el talón derecho ligeramente levantado sobre el pedal. En un escenario como éste, él, no diría nada sobre quién es; no diría nada sobre cómo pasaron los años de manera trepidante, al otro lado de sus gruesas gafas; él callaría el dolor, y sonriendo, lo intentaría otra vez: un sincopado, o tal vez algo más bien latino, como de Tito Puente. Y es verdad, a él como a Tito Puente, la vida se les pasó volando. Sólo que Tito Puente murió famoso y él, papá, se ha perdido en el fracaso de sus intentos.
Porque papá, ha sido ante todo, un rebelde silencioso. Habría organizado una revuelta, de haber sido un poco menos tímido y de haberse sentido menos avergonzado de sí; habría dirigido algún tipo de movimiento, un sindicato quizá; un sindicato no sé, tal vez de magos, o de alguna profesión minoritaria y relacionada con la trashumancia, algo de hombres antiguos y no precisamente del circo.
No sé porqué supuse que podría encontrarle en este viejo escenario y en esta ciudad que cada día y paradójicamente, deja de ser menos antigua: Ronda, a donde me ha conducido su última comunicación, diciéndome que dejaba “la casa de descanso” –asilo- de la ciudad de Mérida, porque había encontrado uno mejor, aquí, en España y en esta ciudad a la que parece que el viento, le arranca día a día su sabor añejo: Vino hasta acá porque halló un lugar –un asilo- con Internet gratuito. “¿Pero qué no hay alguno así, aquí, en México?” Fue mi última comunicación con él.
Me ha dicho, el barman, antes de prácticamente “encargarme” el lugar :”-No tardo, pero quédese si gusta. Nadamás si alguien llega, pues que tome lo que quiera, pero hágame un favor, anóteme aquí lo que se vayan bebiendo ¿si?- -Claro-”
Me dijo que hace años que ya nadie toca en vivo en este escenario. Que a la gente -y a los turistas sobre todo-, les interesa más otro tipo de diversión; así que la consideración sobre el tipo de esparcimiento de hoy en día, da al traste por completo con la posibilidad de hallarle aquí, sentado frente a una Ludwig.
La noche anterior la pasé casi en vela, entre la maleta hecha fugazmente –ahora recuerdo que olvidé ropa interior, sandalias, ropa de frío-; las explicaciones inconexas a Carmina sobre lo imperioso de venir a buscarlo y que además, supondría una oportunidad para promover nuestro trabajo –y puedo decirlo aquí: en especial el mío-. Apenas dormí un par de horas antes de que casi la convenciera de no llevarme al aeropuerto, de que un taxi era mejor dada la hora –las 3:45, para estar a eso de las 4:30 para el vuelo que despegaría a las 7:00 y que arribaría a Sevilla a las 16:00, a las 8:00 o 9:00 a.m. locales-; y de que le prometiera que le llamaría en cuanto llegara, desde el aeropuerto –han pasado doce horas desde eso y no me he detenido a pensarlo sino hasta ahora-.
No he dejado de preguntarme cómo es que papá se habrá hecho tan “dependiente” del Internet; más bien, no lo creo para nada, he releído su último correo más de cien veces, para tratar de descubrir la ironía oculta en él –Carmina no dejó de insistir, incluso antes de cerrar la puerta entre ella y yo y con mi taxi aguardando afuera; que era una locura venir hasta acá a buscarlo. Alcanzó, a decirme, mientras la puerta se cerraba “–Estás huyendo, ¿por qué no te atreves a decírmelo…?-“
Recuperé de su última casa en Mérida, previa a su ingreso al asilo yucateco; la mayoría de sus cajas, la mayoría de sus objetos; serían insuficientes diez museos para exhibirlos todos y no sé si existan en realidad, clasificaciones museográficas para algunos de ellos, por ejemplo: la colección de manitas de rascar, que van desde las de madera labrada hasta una de marfil y otra con forma humana y tamaño real. Me ha sorprendido la caja llena de gafas, de todos modelos, en su mayoría de pasta, sobre todo porque hará unos seis meses, me llamó para decirme que se había enojado porque el optometrista quería venderle un armazón a un precio exuberante. ¿Para qué querría un armazón más, además de los ciento veintitrés que he alcanzado a contar (al menos en esta caja)? El baúl de metal, que contiene algunas de sus notas –la mayoría a mano, en tarjetas también hechas a mano (desde los renglones, hasta las guías a lápiz para el título de clasificación y la solapa recortada para su localización en el archivo); ha resultado para mí el objeto definitivo. No me fue posible permanecer leyendo su contenido más de tres o cuatro minutos; porque sobrevino un maremoto del que nadando exhausto pude escapar azotando tras de mí la puerta de mi estudio. Carmina como era lógico, se sobresaltó. La besé. Secó mi cara. Me acurrucó.
-Ven- dijo. Al segundo y aún entre el mar agitado, comencé a pensar en que tendría que venir a buscarle.
Ha pasado tal vez más de una hora. Nadie llega. Al fondo de este escenario, amplificadores apilados, un viejo piano puesto el teclado contra la pared, como para que ningún espontáneo llegue a tener el atrevimiento. Y allá, los Toms apilados de una vieja batería Ludwig desarmada.
No sé para qué habrán preparado este micrófono y porqué lo habrán dejado abierto. No sé si haya en este bar algún espectáculo de “Stand up” o si alguien se pare aquí a cantar con pistas; quizá los aficionados; quizá un “kara o kee”. En todo caso y en lo que el primer soñador se aproxima a soltarse sobre alguna pista de Raphael o Serrat –Iglesias incluso-, seguiré hablando a las mesas dispuestas y desoladas y a las traslúcidas y multicolores botellas de la barra.
Ya de por sí era difícil de entender el porqué había, de un momento a otro y sin ningún aviso previo; decidido dejar su casa, con todo empacado bajo una rigurosa clasificación en las mencionadas y desvencijadas cajas; e ir a recluirse a un asilo, dando un nombre falso, presentándose no como
está incompleto?
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