Utopía de un sueño
trazado en movimiento
Al Grupo Representativo de Danza Contemporánea, en su estreno.
Creía que no me sorprendería nada: Conocía de cerca el proceso creativo, había acudido a algunos ensayos en el salón de danza; fui testigo del siempre caótico ensayo general; así que, me senté a esperar que todo funcionara lo mejor posible, eché un par de miradas al fondo de la sala para tratar de reconocer a los rezagados, miré al público y entonces, algo pasó. Corrijo, algo “me” pasó. Quise, durante algunos segundos, ser riguroso, anotar en mi mente los detalles que podrían corregirse, algunas fallas técnicas… pero luego, nada, sólo los cuerpos, sólo el espacio y sólo, esos sueños. Era como si, por ese lapso de tiempo, cada una de ustedes, bailarinas, “me” hubieran contado un secreto. Curioso confidente que cuando bajaron las lámparas, ya quería correr a contárselo a alguien. Pero, ¿qué contarle? Que.. “fui testigo de una experiencia dancística que me ha dejado no sólo satisfecho sino sorprendido” Que, en varios momentos me he conmovido. ¿Que por otro lado, inspiraron muchos pensamientos? O quizá procurar alejar la emoción y decir: “Es una obra sobre los sueños, compuesta en varios cuadros, construido el movimiento a partir de variaciones, ellas usan traje, hay video, bicicleta y monociclo…”
No. Ahora que les escribo esto, no consigo –como pueden ver, mediada la página ya-, concretar en palabras la experiencia. Y es quizá que, cuando hablamos de lo inasible, cuando nos referimos a lo innombrable, ahondamos también en las profundidades de esa otra cara de la llamada realidad que a la luz, al menos del lenguaje, permanece oscura. Y en ese terreno se halla, no la descripción del sueño –necesariamente poética en tanto aspiración a concretar las sensaciones que se oponen a la vigilia-; sino la experiencia misma del sueño. ¿Cómo dar cuenta de ella? Y más aún, ¿cómo conseguir comprender lógicamente lo que siendo proyección de futuro, puede vivirse únicamente como sueño? Y además ¿cómo hacerlo, procurando el testimonio del cuerpo, de sus terminaciones nerviosas, de su experiencia en tanto organismo vivo inmerso en esa otra dimensión en apariencia incorpórea? Pues he aquí, que ese otro lenguaje, ese otro vehículo de la idea –rebelde y concreto a la vez-, envía en forma de pulsos eléctricos sus “palabras” sobre los músculos del cuerpo. He aquí, que la danza consigue en el instante efímero, hacer por un segundo asible lo inasible, decible lo indecible, y pasado el tiempo, a la memoria, le procura nombrar aquello innombrable, porque no obstante, lo ha visto y el cuerpo, no obstante, lo ha vivido.
¿Cómo explicar las ilusiones transformadas en sueño o cómo dar cuenta de los sueños hechos ilusión, motivos de vida? ¿Porqué late el cuerpo? ¿Para quién? ¿Por qué o quién? La eterna pregunta, a la que la filosofía ha conseguido responder sólo con nuevas interrogantes; se suspende en una especie de entredicho cuando pervive sobre un escenario y flota en forma de sólo movimiento. Ese “sobre el escenario se es mientras se hace” o “se es en tanto movimiento”, parece tensarse en esta Utopía, cuando lo que se es sobre el escenario se halla directamente proporcionado con lo que se es en la realidad y sobre todo, con lo que se sueña que se es. Entonces el hacer adquiere una densidad en la que, como en el sueño, aún desprovisto de lógica aparente, genera una experiencia emocional y a la vez orgánica; una experiencia imaginativa y a la vez concreta; un experiencia, pues, que ahora, habitará a la memoria, dialogará con ella en una dialéctica entre la vigilia y los propios sueños.
Descubro pues, que me será difícil –corrijo, imposible-, correr a decirle a quienes quiero, tanto el secreto que cada una de ustedes me contó, como cuál fue mi experiencia; y no obstante, volviendo de su función, confieso que debo haber platicado sobre su obra hasta entrada la madrugada con mi mamá –bailarina también, cuyo primer comentario fue, cuando acudió a felicitar a Margarita: “yo también soñé en este escenario”-; elucubramos durante horas sobre lo que habíamos vivido sin conseguir concretar nada, pero sobre todo, quizá, procurando descifrar, nuestros propios sueños. Ella, con sus 73 años a cuestas y a sus 43 de haber dejado de bailar.
Por eso me parece que, cuando al día siguiente, hubo quienes no consiguieron entrar en su mundo onírico, cuando algunos de los espectadores se sintieron ajenos; era quizá esa natural resistencia para ver la otra cara de la realidad, esa que no se explica, esa que no “cuenta una historia”, esa que sólo sucede; o por decirlo de otro modo, la resistencia a entregarse a sentir, como escribieron ustedes “sin juzgar, para preguntarnos, para entender”.
Mi mamá volvió a la ciudad donde reside a la mañana siguiente. Su cuerpo delgadito y cada día más pequeño se encontraba –descubrí-, algo más alegre, y su mirada antes de despedirnos, me refleja hoy, que ella –quien repito,“también soñó” sobre el escenario del Teatro de la Danza, hace más de 40 años-; revivió sus sueños tanto como ustedes ese día los han vivido y tanto como al menos a mí, me hicieron vivir los míos sin conseguir hoy, poder dar cuenta a través de estas letras de ello y sin embargo, siendo ya, tan parte de mí.
Gracias pues, bailarinas, Margarita; por su entrega, por su obra y por permitirme verla a ella, tan revivida, esa mañana siguiente.
ALBERTO GALLARDO.

Alberto,
ResponderEliminarGracias por tu apoyo incondicional. Amamos tus palabras siempre.
Aimi