Sábanas rojas.
Por José Andrés Pérez Castillo
GUSTAVO:
Ciento cincuenta pesos en unos pocos minutos, qué buena noche. No sé qué pasará entre esos chicos, no es mi asunto, pero aquel chavo estaba muy alterado cuando me dijo que llevara a la chica a su casa, dándome un papel con una dirección y un billete rojo con la cara de Nezahualcoyotl. Dinero es dinero.
JULIETA:
- ¡Si sigues con esa chica te saco de la universidad eh, Cesar! ¿Entendiste? No quiero volverla a ver. Nos está causando muchos problemas, te está haciendo daño, ¿qué no lo ves? Ya no sonríes como antes.
- Pero mamá, si la dejo se va a poner peor, la tengo que ayudar.
- Es muy su problema, tu relación es destructiva, ya te lo advertí, si te pillo con ella, adiós estudios, adiós coche, adiós a todo.
- Aaaaaah pero mam...
- ¡Nada! No diré más.
CÉSAR:
- ¡Mariana! Qué bueno que te veo, necesito un favorzote.
- ¿Qué paso?
- Necesito que me grabes unos diálogos para el podcast que estoy editando, tengo que entregarlo la siguiente semana. Tú tienes buena voz.
- Ah sí, sí, claro. Mándame los textos y lo hago en un ratito.
- Va, va, va. Te los mando hoy en la tarde.
- Okay. ¡Aaaah! ¿y cómo vas con Talía?
- Fffffff, ya no sé. Sí la quiero, la amo, pero ya no está bien, no está bien. Está loca, ya no sé qué hacer. Aparte el viernes en la noche dejó las sábanas todas manchadas. Ya no es como antes.
- Date un tiempo, es mi amiga, a mí también me hace berrinches estúpidos, pero yo le puedo explicar que quieres estar solo un rato.
- ¡Se lo he dicho! Pero no deja de llamarme. Ya me hartó. Quiero seis meses sin ella, sin nadie, pero cada que se lo digo empieza con que es porque me iré con alguien más, que no quiere que la cambie y bla, bla, bla. Le digo que no es por nadie, que quiero estar solo y aaaaa…
- A mí también me habla berreando y le digo que no quiero oír sus dramas y le cuelgo, pero ella entiende que no me quiero meter en sus broncas.
- Habla con ella, por favor.
- Sí, sí, no te preocupes.
GUSTAVO:
Después de que el muchacho se metió a su casa la niña me pidió que le ayudara a trepar la reja. Le dije que no era correcto, que no era su casa, pero me dijo que no fuera tonto, que es la casa de su novio, que no la iba a asaltar, solamente quería entrar, que a esas horas nadie vería. La calle estaba vacía. Me ofreció 50 pesos más y tuve que acceder: en estos tiempos no se te presenta tan fácil el dinero. Le hice pie-de-ladrón y ella se sujetaba de los fierros negros. Me gritaba con murmullos que no la mirara porque traía falda. Tampoco me pude resistir, estas situaciones son únicas, ¿cada cuándo tienes a una chica de 20 años delante de ti de esa manera?, y ni se daba cuenta. Yo la miraba. Hasta cierto punto deseba que se resbalara para poder tocarla al caer y pareciera que la sostuve así sin dobles intenciones. Cuando estaba ella hasta arriba pidió mis tapetes, me había pagado por adelantado, no podía irme así porque sí, se los lancé hasta que los cachara, los puso sobre los cables eléctricos. Pasó una pierna, después la otra, yo sudaba frío, si se caía desde esa altura se desnucaría o sepa dios qué pasaría. La niña estaba del otro lado, lo había logrado. No sé por qué pero nos sonreímos, me emocioné y me levantó el pulgar. Todo era muy silencioso pero con mucha tensión.
MARIANA:
- Talía, ¿que no tienes calor? Quítate el suéter por lo menos.
- No, está bien, yo tengo frío.
- ¿ Calor con este sol de sábado a las 3 de la tarde?
JULIETA:
No es por metiche ni entrometida, pero creo que esa niña ya llegó muy lejos. Anoche me levanté al baño y la puerta del cuarto de César estaba emparejada. Siempre la tiene cerrada, se me hizo raro. Me asomé por la ventana, sí estaba su coche. Me acerqué a su habitación y eché una mirada sobre el borde semi-abierto. Estaba Talía al otro extremo de la cama de César, llorando en silencio. Él estaba bien dormido, qué bueno que no se dio cuenta.
GUSTAVO:
Supe qué quería decir con el movimiento de sus labios, quería su bolsa, la tomé del asiento trasero de mi taxi, la cerré y la arrojé hasta el otro lado. Hubiera sido de lo peor si se atoraba en la parte superior de la reja, pero fui exacto y preciso. La suerte estaba de mi lado, y la fuerza en mis brazos.
¿Si no era su casa cómo abriría? La curiosidad no me abandonó y se lo pregunté usando mi mano simulando una llave para abrir la puerta. Sacó un juego de llaves de su bolsa y me hizo la seña de ya poderme ir guiñándome el ojo.
JULIETA:
Entré a hurtadillas, sin pantuflas, la tomé de la greña y la jalé afuera. Ella se asustó. Le pregunté qué hacía aquí y sólo lloraba, respiraba muy fuerte y rápido por la boca. La metí al baño para que se limpiara, le dije que se fuera de aquí y de nuestras vidas. No hablaba nada. Le pregunté cómo entró, me enseñó y entregó un juego de llaves copiadas a todas las de César. Bajamos las escaleras juntas, le abrí las puertas de la casa, la del coche y la llevé a su casa.
CÉSAR:
Ayer llegando a mi casa, estacioné mi auto, apagué el motor y se escuchaban fuertes y acelerados suspiros. Me estiré hacia atrás para tomar mi chamarra y vaya sorpresa: estaba Talía en el asiento trasero, hecha bolita, tapada con su suéter y mi chamarra, escondida. La saqué del coche y llamé a un taxi.
JULIETA:
Le llamé a la mamá de Talía el sábado por la mañana y le conté todo el brete, yo estaba gritando y reclamándole duro. Quería poner bien en claro que la quería lejos de mí y de mi hijo. Lo único que me contestó fue: “Ah, no te preocupes, lo que pasa es que le falta litio en el cerebro.”, y colgó.
CÉSAR:
Desperté y a mi lado estaban el suéter de Talía, una navaja Victorinox y un montón de sangre. Podía afirmar que hubo una masacre.
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