Tres perversos en Notre Dame:
Ahí, donde se encuentra la tercera banca de la fila izquierda de la iglesia de Notre Dame en París es nuestro escenario…
Ahí, donde Dominique Auguste Curie juega compulsivamente con su PSP la versión francesa de “Chili con Carnage” en vez de atender al guía que afanado, procura recrear a Jean Valjean. El juego le ha valido más de un regaño en su casa, por jugar durante la comida, en vez de estudiar y en vez de dormir, de hecho en la escuela ya corre peligro su reinscripción, en caso de volver a oprimir el diminuto botón de su diminuta consola lo correrán.
Ahí, donde durante la Edad media, en 1150, cuando el lugar aun se hallaba en construcción, otro perverso, de una naturaleza más seria para su época, se sentaba en el mismo lugar para oír misa, aunque su objetivo empezaba después de ésta. Él, Pierre -quien en esta época en la que yo, Dominique Auguste Curie escribo este relato, sería considerado un paciente mental esquizofrénico-; jura por todos los santos que su casa está poseída, la choza donde vive, al otro extremo de la Ile de la Cite: según su testimonio es habitada por gente que vive detrás de las paredes, no obstante ha encontrado que la mejor forma para mantenerlos a raya, es robar ostias de la sacristía al fin de la eucaristía cuando el sacerdote
se encierra para emborracharse; mojarlas con saliva y sellar con esa pasta las grietas entre las tablas…
eventualmente será descubierto y quemado por herejía.
Ahí, donde en unos 100 años, el emblemático templo se convertirá en un antro de vicio, en ella, y en el mismo lugar donde estuvo la banca por varios siglos, en éste, se rentarán “novias de cromo”, ginoides sexuales. Ahí, Andrea Hoffman, diseñadora de realidades virtuales para promocionales y cliente distinguida del lugar rentara de nuevo a 29A. Pero un incendio en el lugar la va a tomar por sorpresa,
los bomberos encontraran una masa fundida de carne quemada y plástico como único resto.
Yo, Dominique Aguste Curie, que escribo en esta tercera banca de la fila izquierda, recorro con mi olfato único de perro dálmata o sabueso, los residuos de hace veinte años sobre la madera, cuando solía defecar en mis pantalones, por no soltar mi diminuta consola; era mamá quien había de limpiarme sin que yo, consiguiera otra cosa, que oprimir el diminuto botón, moviéndome en la virtual Tijuana de "Chilli con Carnage".
martes, 13 de abril de 2010
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